—Valeria, abre. Estás confundida. La doctora no conoce tu historial.
Su voz sonaba tranquila, profesional, casi preocupada. Esa era la voz que usaba cuando quería que todos creyeran que yo era la inestable.
Adrián no solo era mi esposo. También era médico. Obstetra. Respetado en Guadalajara. El tipo de hombre al que las enfermeras saludaban por su apellido, al que las madres recomendaban en grupos de WhatsApp, al que mi propia familia había admirado cuando me casé con él.
—Te sacaste la lotería, hija —me decía mi mamá.
Durante los primeros meses, yo también lo creí.
Luego empezó a decir “protección” cada vez que me quitaba algo.
Me quitó las llaves del coche porque, según él, una embarazada no debía manejar por avenida López Mateos con mareos.
Me quitó mi tarjeta porque, según él, las compras impulsivas eran síntoma de ansiedad prenatal.