—Te la voy a dar —dije—. Cuando despiertes. Te dejaré leerla. Se acabaron los secretos. Se acabaron los pasillos. ¿Me oyes? Tienes que despertar para que pueda darte la carta.
El respirador inhalaba y exhalaba.
Su mano no se movió.
Al tercer día, sus valores renales comenzaron a aumentar.
Solo un poquito.
Al cuarto día, su presión arterial bajó.
Al quinto día, le retiraron el respirador.
Yo estaba allí cuando sucedió. Andrew también. Tom también. Ella abrió los ojos, parpadeó mirando al techo, intentó hablar, pero no pudo, porque tenía la garganta muy irritada por el tubo.
Nos miró a los tres que estábamos de pie alrededor de su cama.
Entonces levantó una mano, muy despacio, e hizo un pequeño movimiento. Como si escribiera.
Andrew le dio un bolígrafo y un bloc de notas.
Tardó casi un minuto en escribirlo. Le temblaba la mano. Cuando terminó, le dio la vuelta al bloc de notas.