Había grabado todo.
El video mostraba a aquel hombre abriendo el bolso de Mariana y colocando dentro el reloj de mi padre.
Decidimos no confrontarlos de inmediato.
Al día siguiente Verónica llegó a casa vestida de negro.
Traía a su esposo y al abogado.
El abogado colocó un documento sobre la mesa.
“Su padre firmó este poder hace seis meses. Nombra a su hermana administradora de la casa, las cuentas y el 51% de las acciones de la empresa.”
Miré la firma.
Mi padre ni siquiera podía sostener una cuchara seis meses atrás.
“Es falsa.”
El abogado sonrió.
“Eso tendrá que demostrarlo.”
Verónica bebió café.
“Tienes una semana para sacar tus cosas de la casa.”
Entonces se escuchó un chirrido en el pasillo.
Las ruedas de una silla.
Primero apareció Mariana.
Detrás de ella venía papá.
Despierto.
Erguido.
Con los ojos clavados en mi hermana.
Verónica se levantó de golpe.
“¿Qué hace él aquí?”
“Está en su casa”, respondí.
Encendí la pantalla del comedor.
“Antes de que alguien firme otra cosa, van a ver algo.”
El primer video mostró a su esposo colocando el reloj dentro del bolso de Mariana.
El hombre perdió el color.
“Eso está manipulado.”
El segundo video mostró a la enfermera hablando por teléfono.
La voz de Verónica llenó el comedor.
“…y el viejo que ya no despierte.”
El abogado cerró lentamente su portafolios.
Después apareció la imagen de la jeringa acercándose al brazo de mi padre.
Verónica comenzó a gritar.
“¡Es falso! ¡Mi padre ni siquiera entiende lo que está pasando!”
Papá levantó su mano derecha.
Mariana puso una mano sobre su hombro.
Él señaló el poder notarial.
Abrió la boca.
Le costó varios segundos.
“Yo… nunca… firmé… eso.”
Nadie respiró.