Verónica exigió revisar el bolso de Mariana.
Dentro apareció el reloj.
“Yo no lo puse ahí”, dijo Mariana.
Corrí a revisar las cámaras.
Exactamente durante los 22 minutos en los que el esposo de mi hermana había salido supuestamente al baño, la cámara del pasillo había perdido conexión.
No había prueba.
Verónica llamó a la policía.
Cuando Mariana me miró frente a todos, solo preguntó:
“¿Tú también crees que robé?”
Yo debía haber respondido que no.
En cambio dije:
“No sé qué creer.”
Esa noche hizo una maleta.
Antes de marcharse se arrodilló frente a mi padre, le besó la mano y me dejó una sola advertencia.
“No permitas que le den las pastillas de la noche. Si ya no confías en mí, al menos mira los ojos de tu padre.”
Tres días después de que Mariana se fue, papá dejó de sonreír.
Ya casi no despertaba.
Y a las 12:52 de una madrugada, abrí accidentalmente la transmisión en vivo de la cámara de su habitación.
La enfermera estaba de pie junto a su cama.
En la mano tenía una jeringa.
La aguja estaba a centímetros del brazo de mi padre.
Parte 3
Corrí escaleras abajo.
Cuando abrí la puerta, la enfermera dejó caer la jeringa.
“Es una vitamina”, tartamudeó.
Le puse mi teléfono frente al rostro.
“Acabo de verte.”
Entonces revisé las grabaciones anteriores.
Y escuché la voz de mi hermana.
“¿Ya le diste las dos?”
La enfermera respondió que sí, pero dijo que mi padre respiraba mal.
Verónica contestó:
“Mañana el juez firma la incapacidad. En cuanto yo controle todo, ya no habrá problema. Y el viejo que ya no despierte.”
Sentí que el piso desaparecía debajo de mí.