Y allí apareció el primer giro.
Esa misma tarde llamé a uno de mis abogados.
—Quiero saber quién retiró la financiación.
Menos de dos horas después recibí la respuesta.
No había sido el hospital.
Ni el gobierno.
El dinero provenía de una fundación privada.
Y alguien había ordenado cancelar la ayuda esa misma mañana.
—¿Quién?
Mi abogado guardó silencio unos segundos.
—Uno de los miembros del consejo administrativo.
Le dio un nombre.
Sentí un escalofrío.
Marcus Bell.
Mi director financiero.
Un hombre que llevaba quince años trabajando para mí.
Algo no encajaba.
Aquella misma noche convoqué una reunión privada.
Marcus llegó confiado.
—¿Qué ocurre?
Deslicé un documento sobre la mesa.
—Explícame por qué cancelaste el tratamiento de un niño.
Él apenas miró el papel.
—No era rentable seguir financiándolo.
Lo observé fijamente.
—No te pregunté eso.
Levantó lentamente la vista.
—El fondo tiene límites.
—No mientas.
Saqué otra carpeta.
—La fundación sigue financiando otros veintisiete tratamientos.
Solo cancelaste uno.
El suyo.
Marcus tragó saliva.
—Fue una decisión administrativa.
—¿Basada en qué?
No respondió.
Entonces llegó el segundo gran giro.
Uno de mis investigadores privados entró en la oficina.
—Señor.
Me entregó una memoria USB.
—Encontramos esto.
La conecté.
Aparecieron correos electrónicos.
Transferencias.
Conversaciones.
Marcus había desviado durante años millones de dólares destinados a tratamientos infantiles hacia empresas fantasma.
Cada niño cuya ayuda cancelaba aumentaba sus ganancias.
Linda no era un caso aislado.
Había decenas.
Mi sangre comenzó a hervir.
—¿Cuántos?
Pregunté.
El investigador respondió con voz grave.
—Treinta y cuatro niños.
Marcus intentó levantarse.
—Puedo explicarlo.
Golpeé la mesa.
—No.
Toda la oficina quedó en silencio.
—Esos niños confiaban en nosotros.
Él bajó la cabeza.