Lloró como no había llorado desde niña.
—Me reconoció, Carmela —dijo entre sollozos—. La señora Gabriela reconoció el nombre de mi papá.
Doña Carmela cerró los ojos. Su cuerpo pequeño pareció encogerse de pronto.
—Entonces ya llegó la hora de que sepas todo.
Renata se separó del abrazo.
—¿Qué cosa?
Carmela la hizo sentarse y tomó sus manos.
—Tu padre no te abandonó. Jamás quiso abandonarte. Tomás trabajaba para don Hernando Ferrán, el padre de Augusto. Era su traductor personal en negocios internacionales. Leía contratos en francés, alemán, inglés y árabe. Por eso descubrió lo que nadie más había visto.
—¿Qué descubrió?
—Movimientos de dinero, empresas falsas, contratos alterados. Un hombre llamado Gregorio Montiel usaba al Grupo Ferrán para mover fortunas ilegales por diferentes países.
Renata sintió que la garganta se le cerraba.
—¿Y mi papá lo denunció?
—Lo intentó. Don Hernando quiso ayudarlo, pero Montiel amenazó a tu padre. Le dijo que si hablaba irían por tu madre y por ti. Tomás desapareció para protegerlas.
Renata se cubrió la boca.
Toda su vida había vivido herida por una mentira. Había odiado en silencio a un hombre que, en realidad, había renunciado a verla crecer para mantenerla con vida.
—¿Y mi mamá?
—Isabel lo buscó durante meses. Después te dejó conmigo porque estaba destrozada y juró que encontraría a Tomás. Recibí algunas cartas suyas. Luego dejaron de llegar.
Antes de que Renata pudiera preguntar más, Patricia, la asistente de Augusto, apareció en la puerta.
—El señor Ferrán quiere verla en su despacho. Ahora.
Doña Carmela se levantó furiosa.
—La muchacha ya sufrió suficiente esta noche.
—No voy a esconderme más —dijo Renata, secándose las lágrimas.
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