En pocos segundos, todo el salón estaba de pie.
El embajador tomó el micrófono.
—Señor Ferrán, la señorita Ayala acaba de demostrar un dominio excepcional de cinco idiomas. Usted hizo una promesa pública.
Augusto miró a su alrededor. Cientos de celulares lo grababan. Sus propios invitados murmuraban: “La apuesta”, “que cumpla”, “su palabra”.
Entonces se escuchó la voz de Gabriela Ferrán.
—Hazlo, Augusto.
Su hijo la miró sorprendido.
—Mamá…
—Cumple tu palabra.
Augusto apretó los dientes. Lentamente, frente a todos los empresarios que lo admiraban, frente a todos los socios que temían su poder y frente a la empleada a quien acababa de humillar, dobló una rodilla y luego la otra.
Augusto Ferrán se arrodilló ante Renata Ayala.
Los flashes explotaron. Los aplausos sacudieron los ventanales.
Pero Renata no miró al hombre arrodillado.
Miró a Gabriela Ferrán.
La anciana tenía los ojos clavados en ella con un terror tan profundo que Renata entendió de inmediato que aquella mujer conocía su nombre desde mucho antes.
—Usted sabía quién era yo —susurró Renata al bajar del escenario.
Gabriela no respondió.
Solo dijo, casi sin voz:
—Tienes los ojos de Tomás.
Y en ese instante Renata comprendió que aquella noche no había ganado solamente una apuesta.
Acababa de abrir la puerta del secreto que había destruido a su familia.
PARTE 2: LA CARTA ESCONDIDA EN LA CASA DE LOS FERRÁN
Cuando terminó la gala, los invitados siguieron hablando del video que ya recorría las redes sociales. “La empleada políglota.” “El millonario arrodillado.” “La humillación del heredero Ferrán.”
Pero a Renata nada de eso le importaba.
Cruzó el pasillo de servicio y llegó a la cocina, donde doña Carmela la esperaba sentada junto a la mesa de madera. La anciana se levantó al verla y la abrazó con tal fuerza que Renata dejó de resistir.
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