Un diplomático francés dejó la copa sobre la mesa, impresionado.
—Perfecto —susurró—. Su pronunciación es perfecta.
Renata continuó en alemán. Cada consonante sonó precisa, limpia, firme. Habló de las personas que pasan años escuchando mientras otros celebran, trabajando mientras otros reciben aplausos, aprendiendo mientras otros las consideran incapaces.
Los invitados habían dejado de sonreír.
Tres idiomas.
Augusto ya no parecía divertido.
Renata cerró los ojos y habló en árabe.
Aquella lengua era la voz de su padre. Era la canción que él le cantaba de niña; era el secreto que compartían cuando el mundo parecía demasiado grande. Al escucharla, el embajador Contreras se puso lentamente de pie. Sus ojos se llenaron de una emoción inesperada.
—Cuatro —dijo, incapaz de contenerse—. Y un árabe extraordinario.
Augusto subió al escenario con el rostro rígido.
—Muy impresionante. Pero la apuesta era cinco.
Renata lo miró directamente.
—Mi quinto idioma es el español. La lengua en la que mi padre me enseñó a soñar antes de que alguien me lo arrebatara.
Algo cambió en el rostro de Gabriela Ferrán, la madre de Augusto, una mujer anciana que hasta ese momento observaba desde el fondo del salón. Al escuchar aquellas palabras, se puso pálida.
—Mi nombre es Renata Ayala —continuó la joven—. He servido comida en esta casa. He limpiado pisos. He recogido los vasos de quienes nunca se molestaron en preguntarme quién era. Mi padre se llamaba Tomás Ayala. Era lingüista. Él me enseñó que la inteligencia no pertenece a los ricos, que la dignidad no depende de un uniforme y que nadie merece vivir invisible.
Los aplausos comenzaron con una mujer al fondo. Después otra persona se levantó. Luego diez. Luego cien.
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