PARTE 2: EL HOMBRE QUE HABÍA DESAPARECIDO VOLVIÓ A EXISTIR

Desde pequeña aprendió las reglas de aquella mansión.

No mirar demasiado.
No responder.
No hacer preguntas.
No olvidar nunca que para los Ferrán una empleada era útil mientras permaneciera invisible.

Pero Renata tenía un secreto.

Cada noche, después de lavar los últimos platos y dejar en orden los cubiertos de plata, sacaba de una caja vieja los libros que su padre le había dejado: gramáticas desgastadas, diccionarios marcados con lápiz, cuadernos llenos de palabras extranjeras y pequeñas notas escritas con una letra amorosa.

Los idiomas son puertas, mi niña. Ábrelas y nunca volverás a sentirte encerrada.

Tomás Ayala, su padre, le había enseñado español, inglés, francés, alemán y árabe antes de desaparecer sin explicación cuando ella apenas era una niña. Renata había pasado años creyendo que él simplemente se había ido. Que no la quiso lo suficiente para quedarse. Después su madre también desapareció, y la única certeza que le quedó fue aquella cocina y los brazos cansados de doña Carmela.

Sin embargo, Renata jamás abandonó las palabras.

Mientras limpiaba copas, escuchaba a los visitantes extranjeros conversar. Mientras tendía camas, repetía frases en silencio. Mientras los Ferrán dormían, ella aprendía a hablar con una fluidez que ninguno de ellos habría considerado posible en una muchacha que les servía café.

Aquella noche, Augusto Ferrán se encontraba sobre el escenario principal. Era un hombre de cuarenta años, alto, impecable, acostumbrado a entrar a cualquier lugar sintiéndose dueño de todo cuanto tocaba. Había heredado el Grupo Ferrán, una corporación poderosa dedicada al comercio internacional, los desarrollos inmobiliarios y la importación de bienes de lujo.

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