Álvaro pidió a Pilar, la antigua cuidadora de la casa, que llevara a los niños al jardín. Después cerró la puerta.
—Ahora vas a contármelo todo.
Adela tardó varios segundos en hablar.
Seis años atrás, durante el embarazo de Clara, el padre de Álvaro estaba gravemente enfermo y obsesionado con dejar la empresa “ordenada”. El antiguo pacto familiar repartía una parte importante del grupo entre todos los nietos biológicos. Si nacían 3, Esteban perdería el control que esperaba ejercer sobre las acciones hasta que ellos fueran mayores.
—Tu padre decía que 3 herederos convertirían la empresa en una guerra —admitió Adela—. Esteban insistía en que había que proteger el patrimonio.
—¿Protegiéndolo de mis hijos?
Adela bajó la mirada.
El parto se complicó. Clara fue trasladada de urgencia y los 3 bebés nacieron prematuros. Nico estaba más estable. Lucas y Mateo necesitaron incubadora durante varios días. Álvaro, deshecho por la pérdida de Clara y medicado por una crisis de ansiedad, apenas podía procesar lo que ocurría.
Fue entonces cuando Esteban propuso la mentira.
Marta, hermana de Clara, tenía deudas y una relación conflictiva con su familia. Le ofrecieron una vivienda en Valencia, una cantidad mensual y una suma inicial a cambio de aparecer legalmente como madre de Lucas y Mateo. Un médico del hospital, amigo de Esteban, alteró informes y facilitó una inscripción irregular. A Álvaro le dijeron que los 2 bebés no habían sobrevivido.
—Yo acepté —dijo Adela—. No porque quisiera perderlos. Me convencieron de que tú no soportarías criar a 3 recién nacidos después de perder a Clara.
Álvaro golpeó la mesa con la palma.
—No decidiste por mí. Decidiste contra mí.
Adela lloraba sin defenderse.