Esa tarde llegó Inés Robles, la abogada de Álvaro, con una carpeta del Registro Civil. Había encontrado algo imposible: Lucas y Mateo figuraban como hijos de Marta, nacidos el mismo día y en el mismo hospital que Nico, pero el documento había sido inscrito 11 días después del parto y validado por un médico que llevaba 4 años retirado.
—Esto parece una inscripción fabricada —dijo Inés—. Y hay algo peor.
Sacó una copia de un antiguo pacto societario firmado por el abuelo de Álvaro. Cada nieto biológico recibiría un 8 % del grupo empresarial al cumplir 18 años. Si solo existía 1 nieto reconocido, la administración de ese paquete quedaba en manos de Esteban hasta la mayoría de edad.
Álvaro comprendió de golpe que aquello no trataba solo de una mentira familiar. Trataba de dinero, control y 2 niños convertidos en un problema contable.
El teléfono sonó.
Era su madre, Adela.
—Trae a los 3 niños mañana. Ya sé que has encontrado a Lucas y Mateo.
Álvaro apretó el móvil.
—¿Cómo sabes sus nombres?
Al otro lado hubo un silencio largo.
—Porque fui yo quien permitió que se los llevaran.
PARTE 3
A las 10 de la mañana siguiente, Álvaro cruzó la verja de la finca familiar de La Moraleja con una sensación que no había sentido ni en las peores negociaciones de su vida: miedo a escuchar una verdad que no podría deshacer.
Adela esperaba en el salón. Cuando vio entrar a Nico, Lucas y Mateo, perdió el color. Los 3 llevaban ropa sencilla y limpia, y juntos resultaba imposible ignorar el parecido. Lucas dio un paso atrás. Mateo buscó la mano de Nico.
—Abuela, ellos son mis hermanos —dijo Nico.
Adela se tapó la boca y empezó a llorar.