
Puerta trasera, once de la noche
Bajé temblando. El mesero me esperaba junto a los contenedores de ropa blanca. Me dijo que había visto a mi esposo allí varias veces, con “una joven”. Sentí que todo encajaba: los viajes secretos, el mismo hotel, la recepcionista muda.
—¿Usted cree que tenían una aventura? —preguntó, extrañado.
—¿No la tenían?
—No, señora. El señor Ibarra pagaba la habitación de ella, pero nunca subía.
Iba a preguntarle por qué cuando oí una voz detrás de mí.

—¿De verdad quieres saberlo?
Era Ricardo. Tenía los ojos rojos y las manos metidas en los bolsillos, como cuando era joven y no sabía qué decir.
—Ven. Está arriba —dijo—. Te iba a contar todo este fin de semana. Ya no pude esperar.