Me quedé dentro del auto durante casi veinte minutos. El motor estaba apagado. Las manos seguían apretando el volante. No podía aceptar que tres años de esfuerzo hubieran desaparecido en menos de cinco minutos. No por un error. No por una mala decisión profesional. Sino porque hice lo que cualquier persona debería haber hecho. Ayudar. Mi teléfono vibró. Pensé que era alguien del trabajo. Quizá un compañero. Quizá una disculpa. Quizá Nick había reconsiderado. Pero no. Era un mensaje de un número desconocido. “Sebastian, soy la mujer de la carretera. Necesito hablar contigo.” Me quedé mirando la pantalla. No sabía cómo había conseguido mi número. Antes de responder, llegó otro mensaje. “Sé lo que pasó en tu oficina.”

La frase me desconcertó.

—¿Dos semanas?

El hombre mayor se puso de pie.

—Señor Miller, permítame presentarme. Soy James Whitmore.

El apellido me sonó.

Pero no sabía de dónde.

Él extendió la mano.

—Soy el abogado personal de la familia Whitmore.

Entonces lo recordé.

La familia Whitmore.

Una de las familias empresariales más importantes del país.

La mujer frente a mí no era una desconocida.

Era Victoria Whitmore.

La heredera de un grupo de compañías valorado en miles de millones.

Me quedé en silencio.

Victoria observó mi expresión.

parte2

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