Querían ofrecerme más horas y ponerme a cargo de algunos clientes extranjeros.
Me quedé mirando la pantalla.
Treinta y dos años atrás había rechazado una oportunidad parecida porque estaba embarazada de mi primer hijo.
Esta vez escribí:
“Sí. Me interesa.”
Guardé el teléfono y seguí caminando.
Mi esposo había dicho que yo había desperdiciado mi vida porque nunca construí nada.
Se equivocaba.
Construí una familia.
Ayudé a construir una empresa.
Crié a 11 hijos.
Y cuando todo aquello dejó de necesitarme de la misma manera, hice algo que él jamás creyó posible.
Empecé a reconstruirme a mí misma.
No desde cero.
Desde todo lo que él había decidido olvidar.