Suspiró.
—¿Cuántos litros?
—Calcula.
—No sé calcular eso.
—Yo tampoco sabía cuando empezamos.
Y aprendí.
Después colgué.
No disfrutaba verlo sufrir.
Lo que disfrutaba era dejar de rescatarlo.
Había una diferencia enorme.
Pasaron 8 meses.
Recuperé suficiente inglés para mantener conversaciones fluidas.
Comencé a trabajar unas horas por semana ayudando a una pequeña empresa familiar que exportaba artesanías mexicanas a Estados Unidos.
La primera vez que recibí un depósito por mi trabajo miré la pantalla del teléfono durante casi 1 minuto.
No eran cientos de miles de pesos.
Ni siquiera era una cantidad espectacular.
Pero decía mi nombre.
Era dinero que alguien me había pagado por algo que yo sabía hacer.
Esa noche compré una botella de vino de 280 pesos y cené con 3 de mis hijas.
Una levantó su copa.
—Por tu primer sueldo.
La corregí.
—No es mi primer sueldo.
Era verdad.
A los 22 años había trabajado algunos meses antes de casarme.
Simplemente había pasado tanto tiempo que todos, incluso yo, habíamos olvidado que aquella mujer había existido.
Durante la negociación final del divorcio, mi esposo intentó hablar conmigo a solas.
Nos encontramos en una sala de juntas del despacho.
Parecía más viejo.
No destruido.
No arruinado.
Solo cansado.
—Nunca pensé que llegaríamos aquí —dijo.
—Yo tampoco.
Miró la carpeta azul que estaba sobre la mesa.
—Si no hubieras encontrado eso…
—¿Qué?
No respondió.
—¿Seguirías pensando que no logré nada?
Se pasó ambas manos por el rostro.
—Dije cosas horribles.
—Sí.
—Pero construimos una familia.
—Yo también pensaba eso.
Me miró.
—¿Entonces por qué no puedes perdonarme?
Tardé unos segundos.
—Porque todavía estás preguntando por qué yo no puedo perdonarte en lugar de preguntarte cómo llegaste a despreciar durante años a la persona que hizo posible la vida que disfrutabas.