Limpié la boca del bebé con una servilleta.
—Entonces no tienes de qué preocuparte.
Su sonrisa desapareció.
Durante los días siguientes intentó convencer a nuestros hijos de que yo estaba atravesando una crisis.
A los mayores les dijo que seguramente una amiga me estaba llenando la cabeza de tonterías.
A su madre le contó que yo quería quitarle “todo lo que había construido”.
Yo no discutí con ninguno.
Contraté ayuda para la casa.
Volví a estudiar inglés.
Abrí una cuenta bancaria únicamente a mi nombre.
Y por primera vez en décadas compré una agenda en cuya portada no había horarios escolares, citas pediátricas ni listas del supermercado.
Solo mis cosas.
Entonces llegó la primera audiencia relacionada con los bienes.
Mi esposo apareció con un abogado caro y la misma seguridad con la que entraba a sus reuniones de negocios.
Me miró como si estuviera observando a una niña jugando a ser adulta.
Hasta que mi abogada colocó la carpeta azul sobre la mesa.
El rostro de mi esposo cambió.
—¿De dónde sacaste eso?
Fue la primera vez que lo vi asustado.
Mi abogada empezó a explicar los documentos.
Mi esposo la interrumpió.
—Eso es antiguo. Ya no tiene validez.
Ella sacó otra copia.
—Entonces quizá quiera explicar esta modificación de hace 6 años.
Él dejó de respirar por un instante.
Y cuando apareció la hoja con mi supuesta firma, entendí que el hombre con quien había dormido durante 32 años escondía algo mucho peor que unas palabras crueles dichas frente a sus amigos.
Parte 3
El peritaje tardó varias semanas.
Mientras tanto, mi esposo cambió completamente de actitud.
Primero dejó de insultarme.
Luego comenzó a hablarme con una amabilidad que habría deseado recibir durante muchos años.