Todos se reían.
Yo también.
Y, poco a poco, dejé de pensar en el vestido.
Dejé de pensar en los desconocidos que me habían visto llorar en la acera.
Por primera vez en mucho tiempo, estaba disfrutando de mi propio cumpleaños.
Pero todavía no sabía que, al salir del restaurante, me esperaba una conversación que cambiaría mi matrimonio para siempre.
PARTE 3: LA VERDAD QUE DAMON NUNCA QUISO ADMITIR
Cuando llegué a casa aquella noche, Damon estaba sentado en el salón.
La televisión estaba apagada.
Tenía los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas.
Al escucharme entrar, levantó la cabeza.
—¿Dónde estabas?
Me quedé inmóvil en la entrada.
No podía creer lo que acababa de preguntarme.
—En mi cena de cumpleaños. La misma a la que decidiste no acompañarme.
Damon se levantó.
—No quería que las cosas terminaran así.
Dejé el bolso sobre una silla.
—¿Cómo querías que terminaran? ¿Esperabas que regresara a casa llorando y te pidiera disculpas por haberme puesto un vestido que me gusta?
—Elena, no exageres.
Aquellas dos palabras me hicieron cerrar los ojos.
No exageres.
Las había escuchado cientos de veces durante nuestro matrimonio.
Cuando me molestaba una broma suya delante de sus amigos.
Cuando me decía que estaba demasiado sensible.
Cuando criticaba mi aspecto y después afirmaba que solo estaba siendo sincero.
Cuando me pedía que cambiara algo de mí y se enfadaba si le preguntaba por qué.
Siempre terminaba dudando de mis propias emociones.
Pero aquella noche algo había cambiado.
—Damon, tengo cincuenta años. He pasado veinticinco de ellos casada contigo. He criado a nuestros tres hijos, he trabajado, he mantenido esta casa y he estado a tu lado en momentos en los que nadie más estaba dispuesto a hacerlo.