Fui a sorprender a mi esposo al hospital y su colega me preguntó llorando: “¿No te ha contado nada A kara?”

Por un segundo dejé de respirar.

—¿Me deja a mí?

—¡No! No, perdóname. Me refiero al hospital. Aceptó un puesto en otra ciudad. En Mérida.

El alivioduró un instante. Después vino la confusión, y después, el enojo.

—¿Y tú lloras porque se va?

—Es mi mejor amigo. Creí que ya lo sabías.

Una oficina a medio vaciar

Caminé hasta el consultorio de Andrés. La puerta estaba entreabierta. Sobre el escritorio había una carpeta abierta: una dirección en Mérida y una fecha de ingreso dentro de seis semanas. Dos repisas estaban vacías, los libros en cajas, y la foto de Camila y yo, envuelta en papel de diario.

—¿Lucía?

Andrés estaba en la puerta con un café en la mano.

—¿Aceptaste un trabajo en Mérida?

parte2

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