La noche en que la princesa Diana lució el «vestido de la venganza»

cámaras. Y su matrimonio se convirtió en objeto de incesantes especulaciones. Pero en 1994, Diana estaba cambiando. Se volvía más independiente. Tomaba las riendas de su imagen pública. Se involucraba cada vez más en obras benéficas. Y aprendía que podía valerse por sí misma. Aquel vestido negro ilustró a la perfección dicha transformación. No estaba junto a Carlos. No estaba detrás de la familia real. No pedía permiso a nadie. Era simplemente Diana. Y eso bastaba. A la mañana siguiente, los periódicos de todo el mundo estaban llenos de fotos de la fiesta. La aparición televisiva de Carlos había acaparado la actualidad la noche anterior. Pero otra historia estaba eclipsando a la familia real. Atención: Diana. Aquella que podría haberse quedado en casa había aparecido en público, radiante y segura de sí misma. El contraste era impactante. Carlos había hablado del fracaso de su matrimonio; Diana, en cambio, había permanecido

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