
Según contaba a quienes se atrevían a hablar con él, su madre no solo fue quien le dio la vida, sino también su apoyo incondicional. Fue madre y padre, amiga y refugio. La mujer que siempre estuvo cuando nadie más apareció. La que lo defendió, lo aconsejó y lo sostuvo incluso en los momentos más difíciles. Cuando ella murió, él sintió que el mundo se le vino abajo de golpe, sin aviso.
“Es aquí donde me siento más cerca de ella”, llegó a decir en una ocasión. Y esa frase, tan sencilla, lo explica todo. Para él, la tumba no era un lugar frío ni lúgubre. Era el último punto de conexión con la mujer que le enseñó a caminar, a hablar y a enfrentar la vida. Dormir allí no era un castigo ni un acto de sufrimiento voluntario, sino una forma de acompañarla, incluso después de la muerte.