Marta Salcedo.
Mi madre.
Se me cortó la respiración.
—¿Qué es eso?
Amelia regresó.
Puso el sobre sobre la mesa.
—La razón por la que tu hermana viene aquí.
La miré.
—Yo nunca he visto eso.
—Lo sé.
Raúl frunció el ceño.
—Entonces ¿cómo puede ser la razón?
Amelia respondió:
—Porque algunas deudas se pagan incluso cuando la persona que las paga todavía no sabe que existen.
No entendíamos nada.
Abrió el sobre.
Dentro había una carta escrita por mi madre.
Reconocí su letra inmediatamente.
La fecha era de treinta y siete años atrás.
Yo tenía once años entonces.
Amelia comenzó a leer.
“Amelia:
No sé si alguna vez podré agradecerte lo que hiciste.
Clara duerme ahora mismo y no sabe nada.
Quizá sea mejor así.
Los niños no deberían cargar con nuestros miedos.
El médico dice que si hubiéramos esperado unas horas más, probablemente la habríamos perdido.”
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Perdido a quién?
Amelia me miró.
—A ti.
Yo no tenía recuerdos.
—¿Qué ocurrió?
Mi hermano Miguel también estaba confundido.
—Clara nunca estuvo gravemente enferma.
Amelia respondió:
—Porque su madre decidió que ustedes no tenían que vivir recordándolo.
Se sentó.
—Cuando Clara tenía once años empezó a sentirse mal.
Recordé vagamente una enfermedad.
Dolor abdominal.
Fiebre.
Pensamos que era un virus.
Yo había olvidado casi todo.
Amelia continuó.
Una noche mi padre estaba fuera trabajando.
Mi madre no conducía.
Yo empeoré.
Dolor intenso.
Vómitos.
Fiebre.
Mamá llamó a un taxi.
Nadie llegaba.
Era pasada la medianoche.
Entonces corrió hasta la casa de Amelia.
—Ernesto y yo dormíamos.
Mamá golpeó la puerta.
Amelia vio mi estado y decidió llevarnos al hospital.
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