—¿Qué situaciones?
—Personas mayores solas. Propiedades. Después aparecen testamentos extraños.
Me enfurecí.
—No quiero su casa.
—Ni dije que la quisieras.
—Lo estás insinuando.
Aquello terminó mal.
Me marché.
Durante semanas no volví a hablar del tema.
Pero los comentarios continuaron.
Pequeños.
Indirectos.
—¿Cómo está tu “segunda mamá”?
—¿Ya te dio copia de las llaves?
—Te vas a convertir en heredera profesional.
Al principio respondía.
Después dejé de hacerlo.
Hasta que Amelia enfermó.
Una infección respiratoria la llevó al hospital.
Nada terminal.
Pero quedó débil.
Los médicos recomendaron que durante unas semanas alguien estuviera pendiente de ella.
Llamaron a un sobrino.
No pudo.
Otro dijo que tenía trabajo.
Yo terminé organizando mi horario.
Dormí varias noches en su casa.
Mi esposo estuvo de acuerdo.
Mi hija también ayudaba.
Una tarde mi hermano Raúl apareció sin avisar.
No sé quién le había dicho que yo estaba quedándome allí.
Entró y me encontró preparando sopa.
—Esto ya es demasiado.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a verte.
—Pues ya me viste.
—Clara, ¿tú te estás escuchando?
—Perfectamente.
—Tienes marido, hija y casa propia. ¿Por qué estás viviendo aquí?
—No estoy viviendo aquí.
—Duermes aquí.
—Por unos días.
Amelia estaba en la sala.
Escuchaba.
Raúl bajó la voz.
—No quiero que termines metida en un problema.
—¿Cuál?
—Que después la familia de esta señora diga que la manipulaste.
—No estoy manipulando a nadie.
—Entonces deja que sus familiares se ocupen.
Doña Amelia habló desde la sala:
—Mis familiares están muy ocupados esperando que me muera.
Raúl quedó avergonzado.
—Señora Amelia, no quería…
—Sí querías.
Ella siempre había sido directa.
—Usted no conoce nuestra situación.
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