Y había sufrido una caída en el baño meses antes.
—¿Tiene familia?
—Sobrinos.
—¿La visitan?
Levantó una ceja.
—Cuando necesitan firmas.
No pregunté más.
Empecé a pasar ocasionalmente.
Al principio una vez por semana.
Después dos.
La llevaba al supermercado.
A algunas citas.
Si preparaba comida en mi casa, llevaba una porción.
Ella protestaba.
Siempre.
—No necesito una enfermera.
—Perfecto, porque no soy enfermera.
—Entonces deja de vigilarme.
—Cuando deje de intentar mover muebles usted sola.
—Ese sillón pesa poco.
—Pesa más que usted.
Terminábamos discutiendo y riéndonos.
Mi esposo, Roberto, no veía ningún problema.
—Te hace bien —me decía.
Y era verdad.
La muerte de mi madre me había dejado un vacío enorme.
Amelia no la reemplazaba.
Nunca.
Pero había conocido a mamá desde antes de que yo naciera.
Podía contarme cosas.
—Tu madre odiaba cocinar cuando se casó.
—Imposible.
—Quemaba hasta el agua.
—Eso no existe.
—Con ella sí.
Escuchar aquellas historias me hacía sentir cerca de mamá.
Quizá por eso empecé a pasar más tiempo allí.
Mis hermanos lo interpretaron de otra manera.
Éramos tres.
Yo era la menor.
Miguel vivía en otra ciudad.
Raúl estaba relativamente cerca.
Durante una comida familiar, Raúl preguntó:
—¿Todavía sigues yendo a casa de esa señora?
—Amelia.
—Sí, ella.
—Claro.
—¿Cuánto tiempo pasas allí?
—¿Por qué?
—Por curiosidad.
No era curiosidad.
Mi cuñada añadió:
—Esa casa debe valer bastante ahora.
Entendí inmediatamente.
—¿Y?
Raúl sonrió.
—Nada.
—Di lo que quieres decir.
—Clara, nadie está acusando a nadie.
—Acabas de hacerlo sin decirlo.
Mi esposo intervino.
—Ella simplemente la ayuda.
Raúl respondió:
—Perfecto. Solo digo que hay que tener cuidado con esas situaciones.
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