A los 78 años me casé con un hombre rico para proteger sus últimos días

Según aquel documento, Harrison sufría un deterioro cognitivo avanzado.

Lo miré incrédula.

—Eso es imposible.

Yo había pasado horas jugando al ajedrez con él. Harrison recordaba fechas, nombres, inversiones, conversaciones enteras.

Seis meses antes de nuestra boda era perfectamente capaz de tomar decisiones.

—¿Quién firmó ese informe?

Álvaro giró la pantalla.

Leí el nombre.

Dr. Esteban Valdés.

Lo reconocí.

Había sido uno de los médicos privados que los hijos de Harrison llevaron a la residencia cuando empezaron a intentar controlar sus decisiones.

—Harrison loodiaba.

—Precisamente.

—Entonces el informe puede ser falso.

—Eso tendremos que demostrar.

Guardé cuidadosamente la carta de Elena.

Por primera vez desde que había comenzado todo, ya no sentía miedo.

—¿Cuándo es la vista?

—Dentro de dos semanas.

—Entonces tenemos dos semanas.

Álvaro me observó.

—Isabel, esto puede convertirse en algo muy desagradable. Sus vidas privadas serán examinadas. Sus hijos intentarán desacreditarla.

—Que lo intenten.

Tomé la fotografía de Harrison y Elena.

—Durante dos años cuidé a un hombre al que ellos prácticamente habían abandonado. No pienso permitir que ahora destruyan lo que construyó durante treinta años.

Regresamos a la residencia aquella tarde.

Cuando entré en la antigua suite de Harrison, todo seguía exactamente como él lo había dejado.

Su sillón.

Sus libros.

El tablero de ajedrez.

Me acerqué lentamente.

Había una partida sin terminar.

Nuestra última partida.

Harrison llevaba las negras.

Yo había olvidado completamente aquel tablero después desu muerte.

Me senté en mi antigua silla.

Entonces observé algo extraño.

Debajo del rey negro sobresalía una pequeña esquina de papel.

Levanté la pieza.

Había una nota doblada.

Mi nombre estaba escrito fuera.

Isabel.

La abrí.

Solo contenía dos frases:

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