Elena se quedó pensativa.
—Exactamente lo mismo que con cualquier otra persona. Nada de privilegios.
Después sonrió.
—Aunque tengo una hermana que probablemente nunca aceptaría ayuda si supiera de dónde viene.
Harrison se rio.
—¿Cómo se llama?
Elena miró directamente hacia la cámara.
—Isabel.
Sentí que se me erizaba la piel.
La grabación terminópoco después.
Durante varios minutos ninguno de nosotros habló.
Finalmente Álvaro rompió el silencio.
—Ahora entiende por qué Harrison nunca quiso que la fundación desapareciera.
Asentí.
Pero entonces recordé a Daniel.
—Y sus hijos quieren destruir todo esto.
—Quieren controlar los activos.
—¿Pueden hacerlo?
Álvaro dudó.
—Existe una posibilidad.
Aquello me puso en alerta.
—¿Qué posibilidad?
—Si consiguen demostrar que Harrison no tenía plena capacidad mental cuando reorganizó su patrimonio, pueden impugnar las últimas modificaciones.
—Pero Harrison estaba perfectamente lúcido.
—Lo sé. Sus médicos también.
—Entonces no tienen nada.
Álvaro cerró lentamente la caja.
—Eso pensábamos.
—¿Qué quiere decir?
Sacó su teléfono y me mostró un correo recibido aquella mañana.
Los hijos de Harrison habían presentado formalmente una demanda.
Afirmaban que yo había manipulado a su padre durante sus últimos años.
Que había aprovechado su fragilidad.
Que lo había convencido para casarse conmigo.
Y que después lo había presionado paratransferir su fortuna a una fundación que yo terminaría controlando.
Sentí rabia.
—Eso es mentira.
—Tendremos que demostrarlo.
—Tenemos las cartas.
—Sí.
—Tenemos esta grabación.
—También.
—Tenemos médicos, trabajadores de la residencia…
—Todo eso ayudará.
Pero la expresión de Álvaro seguía preocupándome.
—¿Qué no me está diciendo?
Suspiró.
—Han presentado un informe médico.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué informe?
—Uno firmado seis meses antes de la boda.