A veces llega a los veinte.
A veces a los cuarenta.
Y, si tenemos suerte, puede llegar a los setenta yocho, sentarse frente a nosotros con un tablero de ajedrez y preguntarnos:
—¿Una partida?
Aquella tarde gané.
Naturalmente.
Cuando regresé a mi habitación, coloqué la nueva fotografía junto a la de Elena.
Las dos personas que habían cambiado mi vejez estaban juntas, de alguna manera, sobre aquella pequeña mesa.
—Podéis estar tranquilos —susurré—. La promesa está a salvo.
Apagué la luz.
Y por primera vez desde la muerte de Harrison, no sentí que estaba cerrando un capítulo.
Sentí que simplemente había terminado mi parte de una historia que otras personas continuarían.
Porque algún día nadie recordaría cuánto dinero había tenido Harrison.
Quizá tampoco recordarían mi nombre.
Pero habría una mujer cenando acompañada en lugar de hacerlo sola.