No podía respirar con normalidad.
Durante años había creído que mi llegada a aquella residencia había sido consecuenciade mis dificultades económicas.
Ahora descubría que el lugar donde había conocido al amor de mis últimos años existía, en parte, gracias a una promesa que mi propia hermana había hecho décadas atrás.
Álvaro permaneció en silencio mientras yo lloraba.
Después miré la cinta de vídeo.
—Quiero verla.
El banco disponía de una pequeña sala privada con equipos para reproducir archivos antiguos. Un empleado consiguió un reproductor compatible y nos dejó solos.
La pantalla parpadeó.
Apareció Harrison.
Era mucho más joven.
Estaba sentado en un despacho.
A su lado estaba Elena.
Sentí que el corazón se me detenía.
Había olvidado su voz.
Eso fue lo que más me dolió.
—Harrison, deja de poner esa cara —decía Elena en la grabación—. Parece que estamos haciendo un testamento.
Él sonrió.
—Técnicamente estamos creando una fundación.
—Pues sonríe. Si vas a regalar tanto dinero, al menos aparenta estar contento.
Me tapé la bocapara no sollozar.
Después Harrison miró directamente a la cámara.
—Hoy, 18 de septiembre de 1998, Elena Romero y yo hemos acordado crear un fondo destinado a ayudar a personas mayores sin recursos suficientes para recibir una atención digna.
Elena añadió:
—No quiero mi nombre en ningún edificio.
—Entonces ¿qué nombre ponemos?
—Ninguno.
Harrison la miró.
—Elena…
—Prométemelo.
La grabación continuó durante varios minutos.
Hablaron de residencias, asistencia domiciliaria, atención médica y pequeños apartamentos para personas mayores que vivían solas.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Harrison preguntó:
—¿Y qué pasará si algún día tus familiares necesitan ayuda?