Cumplí 81.
La Fundación Elena ya ayudaba a miles de personas en distintos puntos de España. Habíamos ampliado la asistencia domiciliaria, creado nuevas plazas subvencionadas y puesto en marcha un programa de voluntariado para acompañar a mayores que vivían solos.
Pero mi cuerpo empezó a pedirme que redujera el ritmo.
Una mañana convoqué nuevamente al consejo.
—Voy a dejar la presidencia.
Álvaro me miró sorprendido.
—¿Está segura?
—Completamente.
Había preparado cuidadosamente mi sucesión.
Y no elegí a Patricia.
Ni a Roberto.
Ni a Daniel.
Elegí a una mujer llamada Lucía Martín.
Había comenzado como enfermera en uno de nuestros centros y llevaba años trabajando con personas mayores sin recursos.
Cuando anuncié mi decisión, Daniel fue el primero en ponerse de pie y aplaudir.
Eso me confirmó que había elegido bien.
La fortunade Harrison ya no pertenecía emocionalmente a una familia.