—¿Qué quieres?
Señalé las tres sillas frente a mí.
—Sentaros.
Daniel sonrió con desprecio.
—Ya hemos perdido. La fundación tiene el dinero. Tú tienes el control. ¿Qué más quieres de nosotros?—Nada.
Aquella respuesta pareció desconcertarlo.
Saqué el sobre.
Patricia reconoció inmediatamente la letra de su padre.
Daniel también.
—¿Qué es eso?
—La última carta que Harrison dejó para vosotros.
Daniel avanzó.
—Dámela.
Puse una mano encima.
—No.
Su rostro se endureció.
—Está dirigida a nosotros.
—Y vuestro padre escribió que yo debía decidir si podíais leerla.
Daniel soltó una carcajada amarga.
—Claro. Incluso muerto sigue jugando.
—No creo que sea un juego.
Miré a los tres.
—Antes de abrirla quiero haceros una pregunta. Y quiero una respuesta sincera.
Nadie habló.
—Si Harrison no hubiera dejado ni un solo euro, ¿estaríais aquí?
Patricia respondió primero.
—Ahora sí.
Roberto tardó unos segundos.
—No sé qué habría hecho hace dos años. Pero hoy sí.