Y ahora, de alguna manera, me había dejado a mí la decisión de darles esa última oportunidad.
Durante todala noche dejé el sobre sobre la mesa.
Podía haberlo abierto inmediatamente. Harrison me había dado ese derecho. Sin embargo, cuanto más miraba aquellas palabras —“Solo Isabel puede decidir si deben leerlo”—, más comprendía que aquello no era otra prueba legal.
Era algo personal.
A la mañana siguiente llamé a Patricia.
—Quiero que tú y tus hermanos vengáis mañana a las cuatro.
Hubo un silencio.
—¿También Daniel?
—Especialmente Daniel.
—No creo que venga.
—Entonces dile que el sobre seguirá cerrado para siempre.
Los tres llegaron.
Patricia fue la primera. Roberto apareció pocos minutos después. Daniel llegó el último, vestido con el mismo traje oscuro que había llevado al tribunal.
No saludó.
Se quedó de pie junto a la puerta.