A los 78 años me casé con un hombre rico para proteger sus últimos días

—Isabel.

Me volví.

Tenía algo en la mano.

Era otro sobre.

—Encontré esto entre lascosas de papá.

—¿Por qué no se lo diste a Álvaro?

—Porque no está dirigido a él.

Me lo entregó.

En el frente estaba escrito:

“Para mis hijos. Solo Isabel puede decidir si deben leerlo.”

Miré a Patricia.

Después miré a Roberto, que esperaba unos metros más atrás.

Daniel ya se había marchado.

—¿Sabes qué contiene?

—No.

Guardé el sobre en mi bolso.

Aquella noche regresé a nuestra antigua suite.

Me senté frente al tablero de ajedrez y coloqué el sobre junto a la reina blanca.

Habíamos ganado la batalla legal.

Pero mientras observaba la letra de Harrison comprendí que él nunca había querido una guerra.

Quería algo mucho más difícil.

Quería saber si, después de perder aquello que más deseaban, sus hijos serían capaces de convertirse nuevamente en una familia.

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