Sacó una pequeña memoria del bolsillo.
—Daniel llevaba años grabando conversaciones con papá. Quería reunir cualquier frase que pudiera utilizar para demostrar que estaba confundido.
—¿Y la tienes tú?
—Tengo una copia.
—¿Por qué?
Patricia bajó la mirada.
—Porque yo le ayudé.
La confesión quedó suspendida entre nosotras.
—Entonces tú también intentaste declararlo incapaz.
—Sí.
Por primera vez, no vi arrogancia en ella.
Vi vergüenza.
—No voy a pedirte que me perdones. Ni siquiera sé si papá me habría perdonado. Pero después de verlo morir comprendí que habíamos pasado años peleando por lo que recibiríamos cuando él muriera, mientras ignorábamos completamente alhombre que todavía estaba vivo.
Se levantó.
—Quiero declarar.
—¿Contra Daniel?
—Contra todos nosotros, si es necesario.
Dos semanas después comenzó la vista.
Daniel llegó acompañado por tres abogados.
Roberto se sentó detrás de él.