—¿Qué hay allí?
—Una caja de seguridad que Harrison mantuvo durante veintinueve años.
—¿Y qué contiene?
Álvaro negó con la cabeza.
—No lo sé. Harrison nunca permitió que nadie la abriera.
Observé aquella pequeña llave.
—Entonces ¿por qué me la dejó?
El abogado señaló la inscripción diminuta grabada en el reverso.
La acerqué a la luz.
Solo había dos iniciales.
E. R.
Elena Romero.
Mi hermana.
Aquella noche casi no dormí.
A la mañana siguiente, Álvaro me recogió y fuimos juntos a una antigua sucursal bancaria del centro. Bajamos hasta una sala privada del sótano, donde un empleado comprobó mis documentos y nos condujo hasta la caja 317.
Introduje la llave.
La cerradura hizo clic.
Dentro no había joyas.
No había dinero.Solo encontré una caja de madera, varias cartas atadas con una cinta y una pequeña cinta de vídeo antigua.
Encima de todo había una nota escrita por Harrison:
“Isabel, si estás viendo esto, significa que ya conoces casi toda la verdad. Pero hay una última cosa que nunca pude decirte mientras estaba vivo. Elena me pidió que guardara este secreto hasta que llegara el momento adecuado.”
Sentí que me temblaban las manos.
Debajo de la nota había un sobre amarillento.
Y esta vez la letra que aparecía en él no era la de Harrison.
La reconocí inmediatamente.
Era la letra de mi hermana.
En la parte delantera había escrito:
“Para Isabel. Si algún día Harrison consigue encontrarte, quiero que seas tú quien conozca la verdad.”
Me quedé mirando aquellas palabras durante varios segundos.
Elena había muerto casi treinta años antes.
Harrison y yo nos habíamos conocido hacía apenas tres.
Esosignificaba que, mucho antes de que yo supiera siquiera que aquel hombre existía, mi hermana ya esperaba que algún día él me encontrara.