Asentí.
Pero entonces recordé a Daniel.
—Y sus hijos quieren destruir todo esto.
—Quieren controlar los activos.
—¿Pueden hacerlo?
Álvaro dudó.
—Existe una posibilidad.
Aquello me puso en alerta.
—¿Qué posibilidad?
—Si consiguen demostrar que Harrison no tenía plena capacidad mental cuando reorganizó su patrimonio, pueden impugnar las últimas modificaciones.
—Pero Harrison estaba perfectamente lúcido.
—Lo sé. Sus médicos también.
—Entonces no tienen nada.
Álvaro cerró lentamente la caja.
—Eso pensábamos.
—¿Qué quiere decir?
Sacó su teléfono y me mostró un correo recibido aquella mañana.
Los hijos de Harrison habían presentado formalmente una demanda.
Afirmaban que yo había manipulado a su padre durante sus últimos años.
Que había aprovechado su fragilidad.
Que lo había convencido para casarse conmigo.
Y que después lo había presionado paratransferir su fortuna a una fundación que yo terminaría controlando.