“Papá, cuando leas esto, ya no estaré aquí. Por mucho tiempo intenté que te dieras cuenta de que existo. Saqué dieces, gané medallas, me quedé despierta esperando que llegaras. Pero siempre regresabas cansado, pegado al celular. Mi mamá tampoco me ve. Ella solo ama sus fotos de Instagram, sus vestidos caros y la gente fresa que le aplaude. Esta casa es enorme, pero está vacía. Prefiero perderme en el mundo que seguir siendo invisible en mi propia familia”.
Las lágrimas nublaron la vista de Alejandro. Su hija estaba a punto de desaparecer mientras su esposa brindaba 2 pisos más abajo. Se giró hacia María, destruido. “Dios mío… ¿qué he hecho?”. Pero María negó con la cabeza, con los ojos llorosos pero firmes. “Eso no es todo, señor. Hay cosas peores. Pero si entra ahora a abrazarla, ella pensará que lo hace solo para evitar un escándalo. Le han lavado el cerebro diciéndole que usted no la ama”.
María lo guio de regreso al pasillo de servicio, bajando hasta un rincón que Alejandro jamás había pisado: el cuarto de servicio. Era una habitación pequeñita, con una cama individual, una virgen de Guadalupe en la pared y una foto de un muchacho serio en el buró. María sacó una caja de madera vieja de debajo del colchón y se la puso en las manos. “Esto es lo que su hija intentó darle por años, y su esposa me obligaba a tirarlo a la basura”.