Sus manos comenzaron a temblar.
—Yo se lo dije a Ernesto.
—¿Qué cosa?
Mariana se sentó lentamente.
—Que había encontrado facturas falsas.
Alejandro no habló.
—Ricardo controlaba varios proveedores —continuó ella—. Yo descubrí que algunos cobros estaban duplicados. Otros correspondían a mercancía que nunca había llegado.
—¿Y se lo dijiste a Ernesto?
Mariana asintió.
—Pensé que no sabía nada.
Una risa amarga escapó de sus labios.
—Qué ingenua fui.
Dos días después, el dinero desapareció oficialmente.
Y tres días más tarde, Mariana fue acusada.
—¿Por qué no denunciaste?
Mariana lo miró.
—Lo hice.
Aquella respuesta dejó a Alejandro inmóvil.
—Fui a la fiscalía. Entregué copias de algunos registros. Una semana después, un abogado de los Robles apareció en mi casa.
Mariana tragó saliva.
—Me dijo que si seguía hablando, terminaría en prisión.
—Eso
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