Clara solo lo había visto dos veces. La primera, meses atrás, cuando él entró a la tienda general por sal, clavos y café. Alto, ancho de hombros, silencioso como una sombra. La segunda, una semana antes de la boda, cuando su padre lo llevó a la casa. Elías se había quedado de pie en la sala, con la nieve derritiéndose en sus botas, y no dijo una sola palabra. Sacó una libreta del bolsillo, escribió algo con un lápiz corto y se la entregó a don Julián.
“De acuerdo. Sábado.”