Había algo ahí.

Algo oscuro.

Algo vivo.

Se movió.

Clara retrocedió por un instante, con el corazón a punto de estallarle, y luego tomó aire como quien se lanza al vacío. Preparó agua caliente, pinzas finas de costura y alcohol. Elías, pálido y sudoroso, la miró con desconfianza y miedo. Ella escribió con mano firme:

“Hay algo dentro de tu oído. Déjame sacarlo.”

Él negó con violencia. Le arrebató la libreta y escribió:

“Es peligroso.”

Clara tomó el lápiz y respondió:

“Más peligroso es dejarlo ahí. ¿Confías en mí?”

Elías la sostuvo con la mirada durante unos segundos eternos. Después, muy despacio, asintió.

Clara trabajó con el pulso temblando, pero la decisión clavada en el pecho. Introdujo las pinzas poco a poco, mientras él se aferraba al borde de la mesa hasta ponerse blanco. Sintió resistencia. Luego un tirón. Y de pronto, algo salió retorciéndose entre el metal.

Parte 2…

Un ciempiés largo, oscuro, cubierto de sangre.

Cayó en un frasco de cristal con alcohol. Clara lo miró horrorizada. Elías, en cambio, la miró a ella… y entonces se rompió.

Por primera vez desde que lo conocía, lloró.

No con lágrimas discretas, sino con sollozos hondos, desgarrados, de hombre que acababa de recuperar de golpe veinticinco años de verdad. Se tapó el rostro con las manos, encorvado por un dolor antiguo que ya no era físico, sino del alma.

Clara lo abrazó sin pensarlo.

Y él no se apartó.

A la mañana siguiente, Elías salió de la habitación con los ojos más claros que nunca. Señaló el frasco sobre la mesa y escribió:

“Era real.”

Clara asintió.

“Sí.”

Él apretó la mandíbula, tomó el lápiz y escribió con rabia:

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *