—Hay una mujer que necesita ayuda.
—¿Está herida?
Mateo miró a su hija. Tenía siete años, el cabello revuelto y la misma expresión preocupada de su madre.
—Todavía no lo sé. Quédate aquí, con el cinturón puesto. No abras la puerta.
Tomó una pequeña herramienta de emergencia que guardaba para romper cristales y volvió al todoterreno.
Eligió una ventanilla lateral, lejos del rostro de la mujer. Cubrió el cristal con una chaqueta vieja para evitar que los fragmentos salieran disparados y golpeó con fuerza en una esquina.
El vidrio se quebró.
Mateo metió el brazo, abrió la puerta desde dentro y sujetó a la mujer antes de que cayera sobre la nieve.