Me senté en la mesa de la cocina con su vieja caja de costura y comencé a ajustar el forro del vestido. A los pocos minutos, noté un pequeño bulto extraño en el corpiño. Con mucho cuidado descosí la costura y descubrí un bolsillo minúsculo, escondido a la perfección. En su interior había una carta amarillenta por el paso del tiempo.
La carta que reveló toda la verdad
Desde las primeras líneas comprendí que aquella carta estaba dirigida a mí. En ella, mi abuela confesaba un secreto que había guardado durante treinta años.

Rosalía no era mi abuela biológica.
Mi madre, Elisa, había trabajado años atrás como asistente doméstica en su casa. Era una joven dulce y reservada que cargaba en silencio con una pena profunda. En su diario personal, Rosalía había descubierto que el padre del bebé que Elisa esperaba era… su propio sobrino. Un hombre ya casado, que se había ido a vivir al extranjero sin llegar a enterarse jamás de mi existencia.