La expresión del médico cambió.
Continué.
La continuación está en el primer comentario ‼️👇‼️👇
—No me dejaba ira dormir hasta haber revisado mis pies, mis manos y parte de mi espalda. A veces me pedía que me diera la vuelta. Otras veces que levantara los brazos. A veces me hacía mover parte de mi ropa para asegurarse de que no se le hubiera escapado nada.
El médico estaba visiblemente tenso.
—¿Usted no quería hacerlo?
—Muchas noches, no.
—¿Y él continuaba de todos modos?
—Siempre.
Entonces le conté la parte que sonaba aún peor.
Robert nunca me permitía tomar un baño muy caliente sola.
No me dejaba caminar descalza afuera.
No quería que usara zapatos nuevos antes de revisarlos él mismo.
Durante años llevaba un pequeño espejo en el auto y, en viajes largos, a veces se detenía y me decía:
—Enséñame los pies.
Una vez, cuando era más joven, me enfadé tanto que lancé el espejo por la ventana.
Robert detuvo el auto con calma, regresó caminando, lo encontró y volvió a guardarlo en la guantera.
—Puedes odiarme por esto —me dijo—, pero no voy a dejar de hacerlo.
El médico guardó silencio durante un largo rato.
Luego preguntó:
—¿Alguna vez pensó en dejarlo?
Me reí suavemente.
—Muchas veces.
El rostro del médico palideció.
Fue entonces cuando supe que había llegado el momento de contarle el resto.
—Pero hay algo que usted no sabe.
Puse la mano sobre la mesa.
—Casi no siento dolor.
El médico me miró fijamente.
—¿Qué quiere decir?
Y le conté lo que había sucedido 54 años antes.
Yo tenía 28 años.
Robert y yo solo llevábamos dos años casados cuando sufrí un grave accidente automovilístico.