—¿El señor Daniel nos va a llevar?
“Señor Daniel.”
Dos palabras pueden pesar más que una sentencia.
—Sí —respondió Valeria—. Yo se lo pedí.
Sofía fue más espontánea.
Apenas subió al coche preguntó:
—¿Tú sabes dónde venden helado de fresa?
Mateo protestó:
—Mamá dijo que no comiéramos cosas frías.
Sofía me miró muy seria.
—Solo estaba preguntando.
Me reí por primera vez en semanas.
Empecé con cosas pequeñas.
Llevarlos a la escuela.
Acompañarlos al pediatra cuando Valeria tenía trabajo.
Comprar útiles.
Asistir a festivales.
Aprender que Mateo odiaba el jitomate y que Sofía dormía abrazando una almohada vieja de su abuela.
No intenté comprar su cariño.
El tiempo que no había dado durante seis años no podía pagarse con juguetes.
También obligué a enfrentar otra deuda.
Mi madre había dicho frente a toda la familia que Valeria era infiel.
La corrección debía hacerse delante de las mismas personas.
—Vas a escribir en el grupo familiar —le dije.
Teresa palideció.
—¿Qué voy a poner?
—La verdad.
Esa noche escribió:
“Quiero corregir algo que yo misma difundí hace años. El hombre con quien Valeria se reunió era Mauricio, su hermano por parte de su madre. Yo descubrí la verdad y aun así no se la dije a Daniel. También recibí información sobre el embarazo de Valeria y la oculté. Las acusaciones de infidelidad que hice fueron falsas. Le causé un daño que no merecía y pido disculpas.”
El grupo quedó en silencio.
Mi madre lloró después de enviarlo.
No sentí satisfacción.
Solo pensé que la verdad habría costado mucho menos seis años antes.
Días después Teresa pidió ver a Valeria.