Mi estómago se cerró.
De pronto recordé el mensaje.
“Tu hermano.”
Siempre había estado escrito allí.
Yo simplemente había preferido creer otra cosa.
—Entonces… ¿el hotel?
—Yo estaba hospedado ahí. Acababa de regresar a México. Tenía documentos de mi papá, expedientes familiares y dinero para la operación de nuestra madre. Valeria fue a recogerlos.
Me senté.
Durante seis años había contado aquella historia de una sola manera: mi esposa entró a un hotel con otro hombre.
Nunca había añadido lo que no sabía.
Nunca había dicho que no pregunté.
Nunca había dicho que ella me pidió cinco minutos.
Miré hacia Mateo y Sofía.
—¿Cuántos años tienen?
Mauricio no contestó.
Valeria apareció detrás de mí.
—Casi seis.
La miré.
—Vale…
—Hoy enterré a mi mamá, Daniel. No quiero discutir.
—Solo necesito saber una cosa.
Ella apretó los labios.
—Son míos, ¿verdad?
Valeria sostuvo mi mirada.
—Te lo intenté decir tres veces.
Aquella respuesta fue peor que un grito.
—La primera vez fue cuando me pusiste el divorcio enfrente. Te pedí cinco minutos. No quisiste escuchar.
Bajé la cabeza.
—La segunda fue cuando descubrí el embarazo. Fui a tu casa con los ultrasonidos.
La miré de golpe.
—Nunca te vi.
—Tu mamá sí.
Sentí frío en las manos.
—¿Qué?
—Mauricio ya había ido antes a aclarar quién era. Así que ella sabía la verdad. Cuando yo llegué, me dijo que tú estabas comenzando una relación con Mariana.
—Eso no…
—Lo sé ahora. Entonces no.
Valeria continuó:
—Todavía hice un tercer intento. Te mandé una carta con los estudios. El mensajero me confirmó que la recibió tu mamá.
No pude hablar.
Mauricio intervino.
—Yo también fui a tu casa. Le expliqué a Teresa quién era, por qué nos habíamos reunido y qué había pasado con nuestra madre. Me dijo que hablaría contigo.