El ultrasonido confirmó casi diez semanas de embarazo.
Gemelos.
Un niño y una niña.
Elena lloró al ver las dos pequeñas formas en la pantalla.
—Daniel debe saberlo.
Valeria regresó a Puebla con los estudios.
Yo estaba trabajando.
Quien abrió la puerta fue mi madre.
Teresa ya sabía para entonces quién era Mauricio.
Él había ido días antes a nuestra casa para aclarar el malentendido.
Pero mi madre no me dijo nada.
Cuando Valeria apareció con los ultrasonidos, Teresa también guardó silencio.
—Daniel está saliendo con Mariana, la hija de una amiga —le dijo—. Déjalo seguir adelante.
Aquello tampoco era verdad.
Yo había tomado café un par de veces con Mariana porque nuestras madres insistieron. No existía ninguna relación.
Valeria salió de mi casa con los estudios en la bolsa.
Al cruzar una avenida me vio sentado precisamente con Mariana en una cafetería.
No escuchó que ambos estábamos acordando no volver a vernos.
Solo vio lo que mi madre acababa de describirle.
Aun así, hizo un último intento.
Escribió una carta.
“No te estoy pidiendo que regreses. Solo quiero que sepas que vas a ser padre de dos niños.”
Adjuntó copias de los ultrasonidos y se la entregó a un conocido para que la llevara a mi casa.
Mi madre recibió el sobre.
Y lo escondió.
Valeria esperó una llamada durante cinco días.
Luego dejó de esperar.
Meses después nacieron Mateo y Sofía.
Yo no supe nada.
Dos años más tarde, mi padre encontró accidentalmente aquel sobre mientras buscaba documentos.
Joaquín enfrentó a mi madre.
Ella terminó confesándole todo.
—Mañana mismo se lo dices a Daniel —le ordenó.
Nunca llegó mañana.
A la mañana siguiente mi padre sufrió un derrame cerebral.