—Trabajo más de 10 horas al día —dije despacio—wa xfar. No puedo hacerme responsable de ustedes como enfermera, cocinera y chofer.
Teresa golpeó la mesa.
—¡Qué delicada! Mi hijo se sacrifica por esta familia y tú ya estás poniendo condiciones.
David me apretó más fuerte la mano.
—Solo necesito que me apoyes, amor. Te voy a mandar todo lo que gane allá. Compra lo que quieras. Bolsas, zapatos, viajes con tus amigas…
Me habló de dinero frente a sus padres, como si yo fuera una mascota que se calma con premios. Pero yo respiré hondo y sonreí.
—Está bien. Se quedan.
David sonrió demasiado rápido.
A la mañana siguiente lo llevé al Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Lloró en la terminal 1, me besó la frente, me prometió videollamadas diarias y desapareció por la puerta de vuelos internacionales con su maleta italiana.
Yo manejé de regreso sin música. No sentía tristeza. Sentía un hueco raro en el estómago, una alarma sin sonido.
Apenas entré a Viaducto, mi celular vibró.
Era una alerta del banco.