Encontré cosas.
Muchas.
Una cuenta oculta.
Un testamento donde mi nombre no aparecía ni por error.
Y una carpeta con el nombre de Tomás.
Adentro había depósitos.
Mensuales.
Grandes.
Mientras yo contaba pesos para comprar gas, Esteban le mandaba dinero a su hijo para que se comprara motos, tenis y viajes a Cancún.
Me reí.
Una risa seca.
No de dolor.
De asco.
Esa noche, cuando le estaba dando de cenar, Esteban me preguntó:
—¿Por qué estás tan callada?
Le limpié la comisura de la boca con una servilleta.
—Estoy cansada.
—Pues descansa cuando yo me duerma.
Lo dijo sin vergüenza.
Como patrón.
Como dueño.
Yo sonreí.
—Sí, Esteban.
Él no notó nada.
Los hombres como él nunca notan cuando una mujer deja de amar.
Solo lo notan cuando deja de obedecer.
Durante dos semanas seguí igual.
Le hice sopa.
Le cambié las sábanas.
Lo llevé a terapia.
Sonreí