Mientras el agua fría seguía cayendo sobre su rostro, Valeria alcanzó a ver su reflejo borroso en la ventana
de la cocina.
La piel estaba completamente roja.
Los ojos llenos de lágrimas.
Los labios apretados para no suplicar.
Durante años se convenció de que Alejandro solo tenía un carácter fuerte.
Que Rebeca era egoísta, pero inofensiva.
Que las familias a veces se entrometían demasiado.
Que el matrimonio significaba soportar dificultades.
Pero nadie debería soportar que la persona que prometió amarla le arrojara café hirviendo al rostro.
Alejandro tomó las llaves del automóvil.
—Voy por Rebeca. Cuando regreses, más te vale aprendido haber la lección.
La puerta se cerró de un portazo.
Valeria quedó sola en la cocina.
El olor amargo del café quemado seguía impregnado en su ropa mientras una decisión silenciosa comenzaba a crecer dentro de ella.
Envolvió hielo en una toalla.
Tomó su bolso y sus documentos.
Y salió del departamento sin siquiera apagar la computadora.
En el área de urgencias, la enfermera le preguntó dos veces

si la quemadura había sido un accidente.
Valeria estuvo a punto de responder que sí.
Por costumbre
Por vergüenza
Y por ese miedo irracional de metro en problemas al hombre que acababa de lastimarla.
Pero cuando abrió la boca, salió una verdad completamente distinta.
—Mi esposo me arrojó café hirviendo.
El médico personal fotografió las lesiones, documentó cada detalle en el informe médico y solicitó la intervención de una trabajadora social.
Valeria escribió la denuncia con la mano temblorosa.
Pero la firma
Más tarde regresó al departamento acompañado por dos policías.
No volvió llorando
Volvió cargando cajas
Guardó su ropa
Su computadora
Sus discos duros externos.
Las escrituras del departamento.