nuestra hija esa noche, contándole historias de cuando era niño, prometiéndole que la iba a cuidar desde donde estuviera. Yo lo escuchaba con el corazón deshecho, pero también, extrañamente, agradecida.
Los últimos días
Julián se debilitó mucho más rápido de lo que los médicos habían anticipado. Para cuando yo llegué a mi octavo mes de embarazo, ya lo estaba ayudando a abotonarse las camisas cada mañana. Fingía no notar cuando tenía que detenerse a medio camino hacia el baño para recobrar el aliento, porque sabía que si le decía algo, su orgullo se lastimaría. Me pedía que le describiera cómo se sentía la bebé cuando se movía, porque decía que ya no tenía fuerzas para inclinarse y escucharla directamente.
Una tarde, mientras dormía la siesta, lo encontré escribiendo en un cuaderno con las manos temblorosas. Al verme, cerró el cuaderno de golpe y lo escondió debajo de la almohada. Me