—¿Y ese dinero?
—Cubrirá todo lo que tomé de tu negocio. Pensaba devolverlo antes de que descubrieras la magnitud.
Me reí amargamente.
—Ya descubrí.
—Sí.
—¿Alejandro sabe que usaste mi dinero?
—No.
Eso me sorprendió.
—¿Qué cree?
—Que todo era mío.
Me senté.
Por primera vez desde que entré en la cocina entendí por qué Daniel pensaba que nuestro matrimonio podía terminar si yo descubría la verdad.
No porque tuviera una amante.
No porque estuviera enviando dinero a otra familia.
No porque quisiera quedarse con mi casa.
Había tomado dinero sin permiso para salvar financieramente al hijo que llevaba dos años tratándolo como un oportunista.
Era noble.
Y estaba mal.
Ambas cosas eran verdad.
—Llámalo.
—Teresa…
—Ahora.
Eran las dos y veinte de la mañana.
Daniel llamó.
Alejandro contestó somnoliento.
—¿Qué pasó?
Tomé el teléfono.
—Necesito que vengas.
Silencio.
—Mamá.
—Ahora.
Llegó treinta minutos después.
Entró.
Vio los papeles.
Su cara cambió.
—Daniel.
—Se acabó —dijo mi esposo.
Alejandro me miró.
—Mamá, yo…
—¿Cuánto tiempo pensabas ocultármelo?
—No quería que pensaras que había fracasado.
—Entonces preferiste involucrar a mi esposo.
—Él ofreció ayudar.
Daniel interrumpió.
—Eso no es completamente cierto.
Alejandro lo miró.
—¿Qué?
—Tú me pediste ayuda.
Silencio.
—¿Y mi dinero? —pregunté.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Tu dinero?
Comprendí que Daniel decía la verdad.
Mi hijo no sabía.
Cuando le expliqué, Alejandro se levantó.
—¿Tomaste dinero de mamá?
—Temporalmente.
—Te dije que no la involucraras.
—Y yo cometí un error.
—¿Un error?
—Sí.
Me sorprendió verlos discutir.
Mi hijo, que siempre había sospechado que Daniel quería mi dinero, ahora descubría que ese hombre había puesto en riesgo su propio matrimonio para protegerlo.
—Voy a devolvértelo —me dijo Alejandro.