Me giré.
—No me obligaste físicamente.
Hice una pausa.
—Pero mentiste diciendo que mamá estaba aquí. Usaste su teléfono. Me trajiste a un lugar privado porque sabías que, de otro modo, nunca habría aceptado tener esta conversación.
No dijo nada.
—Eso sigue siendo manipulación.
Sus hombros se hundieron.
Caminé hasta mi coche y conduje directamente a casa de mi tía.
Mamá abrió la puerta antes de que siquiera pudiera llamar.
En cuanto vio mi cara, lo supo.
—¿Te lo contó?
Asentí.
Cerró los ojos.
—Le pedí que no te involucrara.
Por primera vez aquel día, empecé a llorar.
Me abrazó.
—Pensé que te había pasado algo.
—Lo siento.
—¿Por qué no contestabas el teléfono?
Soltó una pequeña risa amarga.
—Porque él lo tenía.
Nos sentamos juntas durante horas.
Me contó todo.
No de manera dramática.